Durante años, las decisiones en construcción estuvieron asociadas principalmente al costo inicial de los materiales y de la obra. Hoy, en un escenario donde el valor de las tarifas energéticas adquieren mayor relevancia económica y los usuarios prestan más atención a los gastos mensuales de una vivienda, comienza a ganar protagonismo una variable que durante mucho tiempo ocupó un lugar secundario: el desempeño energético de los edificios.

La eficiencia energética dejó de ser un concepto exclusivamente técnico para convertirse en una variable económica. La pregunta ya no es solo cuánto cuesta construir, sino también cuánto cuesta habitar una vivienda durante los próximos años, y en esa ecuación la envolvente del edificio cumple un rol central.

Diversos análisis muestran que utilizar HCCA como envolvente puede reducir entre un 30% y un 60% el consumo de energía destinado a climatización respecto de sistemas constructivos tradicionales. Esto implica menores necesidades de calefacción y refrigeración, y un ahorro que acompaña al edificio durante toda su vida útil.

“Muchas veces se asocia eficiencia energética con la incorporación de equipamientos o tecnologías adicionales. Sin embargo, la primera decisión importante es cómo se construye la envolvente del edificio. Cuando la aislación térmica forma parte del propio sistema constructivo, el beneficio acompaña a la vivienda durante toda su vida útil”, explica Gustavo Albareda, Gerente General de retak®.

La eficiencia empieza en el sistema constructivo

Muros, techos y cerramientos son responsables de una parte significativa del intercambio de calor entre el interior y el exterior, por lo que las decisiones sobre el sistema constructivo influyen directamente en la energía necesaria para calefaccionar o refrigerar los ambientes. Esto cobra especial relevancia si se considera que la climatización representa alrededor del 50 % del consumo energético de viviendas y edificios.

En el caso del HCCA, la aislación térmica está incorporada al propio material, lo que permite mejorar el desempeño energético de la envolvente sin recurrir a soluciones complementarias. Además, el ahorro no depende del uso o mantenimiento de equipos específicos, sino de una característica inherente al edificio: la eficiencia forma parte de la solución constructiva adoptada desde el primer día.

Del costo de construcción al costo de uso

La eficiencia energética también empieza a incidir en la evaluación de los proyectos inmobiliarios. Variables históricas como la ubicación, los metros cuadrados o las terminaciones ahora comparten escena con otros factores: el confort, la calidad constructiva y el costo de uso de las viviendas. Habitar un inmueble que requiere menos energía para mantener condiciones de bienestar es un beneficio tangible para el usuario final.

“Cada vez más proyectos empiezan a analizar el costo de ciclo de vida y no solamente el costo inicial de construcción. Cuando se considera cuánto va a consumir una vivienda durante los próximos 40 o 50 años, la eficiencia energética pasa a ser una variable económica concreta y medible”, señala Albareda.

Esta mirada más integral también transforma la forma de evaluar las decisiones constructivas: la discusión ya no se limita al valor de un material, sino que contempla el desempeño global del edificio y su comportamiento a largo plazo.

Así, la eficiencia energética se consolida como una herramienta para mejorar el confort, reducir costos operativos y aportar valor a las construcciones. Porque si durante años la pregunta fue cuánto cuesta construir una vivienda, cada vez más usuarios empiezan a preguntarse cuánto costará vivir en ella.