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Peligro: comenzó la temporada alta de dietas mágicas

29/11/2017

Ayunos, restricción de grupos de alimentos, comienzo abrupto de actividad física. Esos son sólo algunos de los errores que se cometen en el camino a tener un cuerpo más cómodo.

 

Las dietas mágicas no existen. Son falsas promesas de lograr cuerpos esculturales en pocas semanas. También implican una irresponsable restricción de nutrientes básicos para el organismo sin ninguna supervisión.

Son más los que se decepcionan con el efecto rebote después de tantas propuestas milagrosas, que aquellos que logran el efecto deseado.

 

Cuesta asumirlo, porque parece mejor creer que en poco tiempo se puede perder lo acumulado en meses o años. El camino correcto es apuntar al cambio de hábitos, a la alimentación saludable, a sostener estos comportamientos en el tiempo y acompañarlos con actividad física.

 

 

Muchos son los atajos que se buscan a la hora de intentar recuperar la figura en épocas de mayor desnudez.

 

 

Rebotes

 

Las hormonas orexígenas son las que generan el deseo de comer y son liberadas por el cuerpo al concluir dietas alimentarias hipocalóricas y muy restrictivas. Y es entonces cuando se recupera lo perdido y se añade un poco más.

En primer lugar, hay que tener presente que los profesionales de la Nutrición serios son reacios a indicar dietas o regímenes alimenticios en forma estandarizada. En cambio, recomiendan la consulta y la dieta equilibrada y personalizada. Y, fundamentalmente, gradual. Además, priorizan la salud sobre la estética.

 

“En esta época del año aumentan considerablemente las consultas en consultorio de los nutricionistas”, revela María Elena Fontana, responsable del área Clínica Nutricional de Psiclo, una institución especializada en trastornos alimentarios. Las vacaciones y los eventos de fin de año son el principal motivador y los que conspiran contra la paciencia.

 

“Hay fiestas de 15, casamientos, egresos escolares y reencuentros, en los que muchos y muchas desean mostrarse radiantes y flacos a cualquier precio. Hay que tener mucho cuidado y buscar una supervisión”, explica.

Fontana asegura que, después de dietas muy restrictivas, aún cuando se retome una alimentación normal, en el cuerpo queda un registro de lo que significó un estrés metabólico y psicológico.

 

El cuerpo reacciona generando algunas hormonas, que son las que provocan apetito, que persisten mucho más tiempo del que se hizo la dieta. En el efecto rebote, se sube más de lo que se bajó de peso. “El cuerpo trata de compensar esa restricción exagerada y alocada”, afirma.

 

Errores frecuentes

 

“Nuestro cuerpo es biología, no matemáticas, y a cada intento desesperado por perder peso le seguirá una respuesta eficiente en la conservación del peso corporal a través del rebote”, dice por su parte Fabiana Stolman, especialista en Medicina Interna y en Nutrición con orientación en Obesidad y Jefe de Internado de Clínica Diquecito. Aclara, además que muchas veces una disminución abrupta de peso es el resultado de la deshidratación, sin que se traduzca en un descenso de grasa, que es lo realmente buscado. “Podremos estar poniendo en riesgo a nuestro organismo, afectando su funcionamiento normal”, sostiene.

 

“Al momento de plantearnos perder peso, no debemos sacar el foco en que los números que queremos ver en la balanza deben representar una disminución en el contenido de grasa corporal, un aumento de la masa muscular y la capacidad de llevar a cabo diversas actividades sin fatiga extrema, todo esto con beneficios tangibles en cada aspecto de nuestra vida y nuestra salud”, agrega.

 

Dentro de los errores que Stolman identifica están también los ayunos prolongados. Con ese tipo de acciones, lejos de obligar a nuestro cuerpo a consumir calorías y –por ende– bajar de peso, lo estamos forzando a ahorrar energía y a gastar menos en los procesos de digestión. “El resultado será que al momento de comer lo haremos con un nivel de hambre que nos dificulte controlar el tamaño de las porciones, con nuestro organismo listo para guardar la energía que sobra”, apunta Stolman.

 

También señala que, si bien el ejercicio físico es un buen aliado de los descensos de peso y la vida sana en general, suele cometerse el error de realizarlo “repentinamente, luego de meses de inactividad y sedentarismo, pretendiendo recuperar tiempo perdido”. “Esto puede generar un impacto negativo: desde lesiones musculares o articulares, hasta retención de líquido, inflamación y otros”, agrega.

 

El chequeo médico previo a un proceso de adelgazamiento es clave, al igual que antes de comenzar a realizar actividad física,

 

La profesional sugiere no eliminar por completo los carbohidratos, ya que “son la principal fuente de energía de nuestro cuerpo, y su inclusión en nuestras comidas debe ser innegociable”. En cambio –asevera– sí debemos cuidar la calidad de los nutrientes, reduciendo los azúcares y priorizando los más complejos. Podemos potenciar el consumo de fibras mediante la incorporación de más frutas, verduras y cereales integrales, pero nunca dejar de consumir la cantidad mínima de carbohidratos que nuestro cuerpo necesita”.

 

Por último, recalca que no deben tomarse laxantes, diuréticos ni suplementos sin prescripción médica.

Indicadores correctos

 

Desde la vereda opuesta de quienes cuentan las calorías de los alimentos, Guillermo Beccacece, director médico de Integralis, considera que para que se pueda hablar de un descenso real de peso, el régimen nutricional que se adopte debe continuarse por “largo tiempo, alrededor de un año a año y medio, para lograr el cambio metabólico. Esa es la meta, no una estación estival”.

 

“Hay que aclarar que las calorías son en verdad un cálculo de laboratorio, que para nada refleja a nuestro metabolismo”, enfatiza. Esta unidad, que puede convertirse en obsesión, se obtiene midiendo el calor que desprende su combustión y los productos de dicha combustión. “El índice glucémico, a mi entender, es un valor mucho más cercano a la realidad, ya que refleja los valores de glúcidos (azúcares) absorbidos”, subraya.

Por otro lado, las calorías de productos que no hacen más aportes nutricionales, como las bebidas ricas en azúcares, no pueden compararse con las de alimentos que suman otros beneficios. “¿Son iguales las 100 calorías provenientes de un vaso de gaseosa a las 100 calorías de la nuez?”, se pregunta. “La respuesta es no y, en eso, radica gran parte de los cambios nutricionales que se verán en las dietas a futuro. La nuez es un alimento complejo de gran aporte nutricional, aporta ácidos grasos, proteínas, carbohidratos complejos y fibra. Nuestro sistema digestivo debe trabajar para absorber este tipo de alimentos”, continúa.

 

Beccacece destaca que, por ejemplo, las gaseosas son alimentos sin valor nutricional, un “pseudoalimento que no aporta absolutamente nada”. Cuando un alimento es industrializado, refinado y rico en carbohidratos simples, nuestro sistema digestivo lo absorbe en forma rápida, casi completa. “El cuerpo humano tiene mayor facilidad para absorber azúcares (carbohidratos) que grasas. Si no hay actividad que consuma, este azúcar se deposita, formando tejido graso”, describe.

 

La idea que se desprende entonces es que tanto o más importante es la calidad del alimento, que la cantidad de calorías. Verduras, frutas, cereales integrales, legumbres, oleaginosas y proteínas de origen animal magras (sobre todo pescado y mariscos, o carne de vaca, cerdo, pollo, huevos y quesos duros), son alimentos de valor nutricional.

De todos modos, coincide en que cada persona tiene sus particularidades y deben ser tenidas en cuenta a la hora de planificar su plan alimentario.

 

Delgada línea

 

“Desde el punto de vista psicológico, las dietas rápidas o exprés son riesgosas ya que en muchísimos casos son la puerta de entrada a un trastorno alimentario más severo”, revela Florencia Pereyra, especialista en Trastornos Alimentarios y Obesidad y psicoterapeuta de Psiclo. A lo que Fontana, añade: “Estas dietas pueden ser un factor disparador para que una persona con personalidad predispuesta desarrolle un trastorno de la conducta alimentaria. Suelen ser dietas muy restringidas y sin supervisión médica”.

 

Pereyra explica que “está comprobado que la privación de alimentos, en cantidad y calidad, genera cambios anímicos, emocionales y cognitivos, producto de transformaciones neurohormonales a nivel del eje hipotalámico en el sistema nervioso central”.

 

Estos cambios suponen una mayor irritabilidad y alerta en general, cambios de humor, mayor susceptibilidad al entorno, depresión y, aislamiento. Además suponen también cambios en la percepción corporal.

 

El paciente deja de percibir su cuerpo tal cual es, o como realmente u objetivamente está, para pasar a autopercibirse cada vez “más gordo” cuando en realidad está cada vez más delgado.

 

“Estas dietas extremas y excesivas en determinadas estructuras de personalidad activan pensamientos altamente obsesivos que determinan que la persona quede entrampada en una situación de obsesión permanente con el cuerpo y la comida, de la cual le costará salir”, advierte.

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