A un año de su primera medición, Cheaf dio a conocer los resultados de su segunda Encuesta Regional sobre Percepción del Desperdicio de Alimentos, una investigación que este año consultó a 4.504 personas en Argentina, Chile, Colombia y México para conocer cómo las personas perciben este problema, cuáles son sus hábitos de compra y consumo, y qué soluciones esperan de empresas y autoridades.
Uno de los principales hallazgos de esta nueva medición es que la conciencia sobre el desperdicio de alimentos ya está instalada en la región: el 91% de las personas encuestadas lo considera un problema al menos relevante, mientras que un 19% lo califica como “crítico”. Sin embargo, esta preocupación no parece ser suficiente para modificar las conductas cotidianas. Solo un 12% afirma no botar comida nunca, mientras que un 33% reconoce hacerlo una o dos veces por semana y otro 6% dice desperdiciar alimentos con mayor frecuencia. “El principal desafío que vemos este año es que la conciencia ya no es el problema. Las personas saben que desperdiciar alimentos tiene consecuencias ambientales, sociales y económicas, pero eso no necesariamente cambia lo que ocurre en la cocina o al momento de comprar. La pregunta ahora es cómo hacemos que la opción de no desperdiciar sea también la opción más fácil”, explica Kim Durand, fundador y CEO de Cheaf.
Esta brecha entre preocupación y comportamiento es uno de los resultados más significativos de la investigación. Entre quienes consideran que el desperdicio de alimentos es un problema “crítico” o “muy relevante”, un 40% reconoce desperdiciar comida semanalmente, una cifra prácticamente idéntica al 38% registrado entre quienes le asignan una menor importancia. A esto se suma que las campañas de concientización aparecen entre las medidas menos priorizadas por las personas: solo un 9,5% las menciona.
“Esto nos muestra que no solo estamos frente a un problema de falta de información, sino también de falta de facilitadores. Una cosa es saber que desperdiciar alimentos está mal y otra es contar con información, herramientas y alternativas que permitan actuar de manera diferente. Ahí es donde las soluciones concretas pueden cerrar la brecha entre lo que pensamos y lo que hacemos”, sostiene Durand.
El bolsillo entra con fuerza en la conversación sobre desperdicioLa investigación también revela que el contexto económico de los distintos países de la región está teniendo un impacto directo en la manera en que las personas compran y aprovechan los alimentos. El 54% de los encuestados señala que el alza de los precios de los alimentos fue el principal factor que influyó este año en sus decisiones de compra, muy por encima de otros factores como las promociones, el clima o la falta de tiempo. En Chile, esta cifra llega incluso al 62%, en México alcanza el 59% y en Argentina asciende a 49%.
Este escenario abre una nueva dimensión para las estrategias de reducción del desperdicio: ya no se trata únicamente de una preocupación ambiental y/o ética, sino también de una oportunidad económica para hogares y comercios.
“En un contexto en que los alimentos son cada vez más relevantes para el presupuesto familiar, desperdiciar comida significa también desperdiciar dinero. Por eso creemos que rescatar alimentos, acceder a productos con descuento o encontrar alternativas para aprovechar excedentes puede generar un círculo virtuoso: las personas ahorran, los comercios recuperan valor y, al mismo tiempo, evitamos que alimentos que todavía pueden consumirse terminen en la basura”, plantea el CEO de Cheaf.




